¿Quién soy y cómo llegué aquí?

AMOR DE INFANCIA

Mi primer contacto con el Planeta fue a los 6 años.

A la casa llegó uno de esos aparatos gigantescos, bromosos nuevos, conocidos como computadoras.

Papá y conocidos se divertían con un juego de Tetris y uno de carreras de auto.

Pero cuando no había nadie, la tomaba yo y entraba al único programa que me gustaba: PC Globe.

En esos tiempos, sólo me interesaba tomar cosas, aventarlas o arruinarlas. Pero todo cambió dentro de poco

En una enorme pantalla azul con letras blancas se abrió ante mis ojos el Mundo, con sus -hasta ese entonces- 190 países.

Aún recuerdo que existían la URSS, Checoslovaquia, Yugoslavia y Zaire.

Ni una pista de Belarús, Eslovaquia, Kosovo, Somalilandia ni Sudán del Sur.

Durante meses, me aboqué a la tarea de conocer cada una de las plantillas. Comencé en Afganistán y terminé en Zimbabwe.

De cada país memoricé la forma de su extensión territorial, su bandera, la primera estrofa de su himno y en un arcaico audio de bits, sus himnos nacionales.

Me podía pasar horas y horas buscando países, conoce sus banderas y tararear sus himnos en un infame audio de 8 bits. Sólo por momentos pensé que estaría chido conocer esos lugares en persona. Algún día…

No supe sino hasta muchos años después, que ahí nació la gran ilusión de mi vida.

Porque en la escuela primaria, secundaria, preparatoria y hasta en la Facultad, seguí caminos erróneos.

Muchos fueron auténticamente falsos. Otros fueron parcialmente buenos.

Me ilusioné y desilusioné con proyectos, grupos musicales, trabajos como periodista. Pocas veces sentí que algo de eso fuera LO MÍO.

EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

Ya había salido del país algunas veces. En el 2008 conocí Europa por primera vez y quedé impresionado. Pero al volver, retomé la vida donde la dejé y me prometí volver a hacer un viaje de tal magnitud hasta que ALGUIEN me acompañara.

Una tarde todo se me reveló súbitamente. Viajaba en un camión urbano entre el municipio de Zipaquirá y Bogotá, Colombia, escuchando paseos vallenatos, platicando con un amigo suizo.

Veníamos de la Catedral de Sal, un monumento épico en las afueras de la capital colombiana.

Ahí me vi a mí mismo desde afuera. Falto de horarios, no atado a un programa, oficina o jefes.

Recordé los mejores momentos del viaje de 2008: los de plenitud.

Ya había encontrado mi lugar.

Atribuyo el despertar de mi conciencia a los efectos del LSD obtenido después de lamer los muros de la Catedral de Sal de Zipaquirá

Ese lugar no era un país específico, un lugar particular o con una persona en especial.

Es ese lugar que me llama. Que me convoca a ser un ciudadano, pueblerino o visitante suyo.

No tiene un nombre tallado en letras de oro, ni es uno solo. Cambia con el paso del tiempo.

Vuelve, reaparece y luego se pone una máscara y es otro país que nunca pasó por mi cabeza.

Está en mis oídos. Al sintonizar Youtube. Al abrir mi álbum y revisar viejas fotografías impresas y digitales.

Está en cada paso recorrido.

Lo anhelo, lo busco, nos asimilamos mutuamente y me convierto en uno nuevo al volver a casa.

Así, desde ese ya lejano abril de 2013, no he dejado de salir al extranjero al menos una vez al año.

Cam Caminante es una guía para viajeros qué te dice qué hacer, qué comer y a dónde ir cuando visites distintos destinos a lo largo del mundo.

También es un espacio para reflexionar acerca de mi contacto personal con otras lenguas, otra música, otras formas de ver la vida y enfrentarse a ella, todo ello con la simple ayuda de mis tenis, mi pluma y una cámara.

Te invito a que sigas mi expertise, poco o vasto, según consideres, acerca de ese lugar tan rico y humano a la vez, como lo es el mundo.

¡Bienvenido!